Los edulcorantes artificiales y otros sustitutos bajos o libres de calorías han sido promovidos durante años como alternativas más saludables al azúcar.
Sin embargo, una nueva revisión y metaanálisis realizado por investigadores de la Universidad de Tufts encontró evidencia creciente de que estos compuestos podrían alterar la microbiota intestinal, afectar el control de la glucosa en sangre y perjudicar el metabolismo, lo que plantea dudas sobre su seguridad a largo plazo.
Los investigadores analizaron datos de 21 ensayos clínicos aleatorizados en adultos para evaluar los efectos directos de los edulcorantes no nutritivos.
BAJO LA LUPA
En comparación con alternativas sin calorías, como el agua o un placebo, estos productos se asociaron con un aumento de la insulina en ayunas y de la hemoglobina glucosilada (HbA1c), un indicador clave del control de la glucosa a largo plazo.
Además, los resultados mostraron una tendencia hacia una menor sensibilidad a la insulina, lo que sugiere posibles efectos metabólicos adversos independientes de las calorías que sustituyen.
“Observamos indicios de que estos compuestos podrían tener efectos nocivos sobre el metabolismo”, dijo el profesor Meng Wang, asistente de investigación de la Escuela de Ciencias y Políticas de la Nutrición de la Universidad de Tufts.
Una de las principales hipótesis es que estos edulcorantes interactúan directamente con la microbiota intestinal al pasar por el sistema digestivo.
CAUTELA
La revisión incluyó estudios que demostraron que algunos sustitutos del azúcar pueden modificar tanto la composición como la función de las bacterias intestinales, lo que podría influir en la regulación de la glucosa y en el funcionamiento del metabolismo.
Aunque los estudios observacionales también relacionan el consumo de edulcorantes no nutritivos con un mayor riesgo de enfermedades cardiometabólicas, los autores reconocen que estos trabajos presentan limitaciones y que los efectos pueden variar según el tipo de edulcorante.
También señalan que el etiquetado en Estados Unidos no obliga a informar la cantidad de estos compuestos presentes en los alimentos, lo que dificulta investigar con precisión sus efectos a largo plazo. Por ello, concluyen que son necesarios más ensayos clínicos bien diseñados antes de considerarlos completamente seguros.